No para de hablar. Habla, habla, habla. Me mira y continúa, hablando -me encantaría contarte alguna de mis tristezas, como que hoy fue un día difícil para mí, como que realmente no sé qué hago aquí. Pero ya está él demasiado triste esta noche. Hace frío en el cuarto, mucho más que en la calle. Continúa la espera -las niñas aún no han llegado- y habla. Debería ducharme, pienso. Pero no, prefiero charlar durante más tiempo. Le brillan los ojos, azul claro, como cualquier mar en Portugal. País que nos encuentra, como también muchas de las cosas que voy descubriendo siempre que nos vemos.
Será estupendo compartir otro viernes noche. Tal vez el próximo bebiendo cervezas en cualquier bar del centro. De esta linda ciudad.